Comenzamos a ser 4: Oskar, Ana, Pedro y Otto

Después de 10 años decidí tener otro hijo. Fue deseado y esperado con felicidad infinita. Mi esposo y yo emocionadísimos, y por su parte, Pedro por fin veía su sueño cumplirse: un hermanito. Tenía 36 años cuando quedé embarazada y nunca pasó por mi mente la idea de practicarme una amniocentesis, así que Otto y su anomalía genética fueron una sorpresa impactante.

Nadie en la familia, ni de mi esposo ni en la mía tenía un miembro con Síndrome de Down. Otto es el primero en quien sabe cuántas generaciones. A veces pienso que hubiese sido muy duro recibir la noticia estando embarazada, pues la decisión de abortar no hubiese sido opción en nuestro hogar. Gracias a Dios todo pasó como debió serlo. No voy a ocultarles que fue terriblemente devastador para mí, cuando aún en la clínica hospitalizada por la cesárea, supe que Otto era un bebé especial. Mis familiares lo sabían pero no me lo habían dicho. Mi esposo quería que yo tuviese más contacto con el bebé antes de conocer la verdad, pues deseaba alejarme todo sufrimiento posible, y creía que suavizando y alargando la noticia evitaría un rechazo de mi parte o un choque peor, conociendo mi afán de procurar trabajar en obtener el mejor intelecto de mis hijos, si se quiere a niveles perfeccionistas. ¿Cómo decirme entonces que mi hijo no era normal?

Yo misma comencé a sospecharlo por sus rasgos. Llamé al Obstetra y me confirmó mi duda. Colgué el teléfono y sentí un dolor destructor que me arrancaba el alma. Me agobiaron una mezcla de sentimientos indescriptibles donde se mezcló rabia, angustia, miedo, tristeza, desesperación y mil veces me pregunté: ¿Por qué a mí? Caí por unas horas como en un foso. Sumamente deprimida. Agradezco muchísimo a mi esposo quien me insistía que íbamos a ser felices con Otto, que íbamos a vivir con él brindándole y ofreciéndole el mismo amor y las mismas oportunidades que a su hermano, que nada iba a cambiar en nuestros planes por el hecho de que Otto fuese “diferente”. También les agradezco inmensamente a mi hermana y mis padres que esa noche permanecieron conmigo en la clínica hablándome, corrigiéndome cualquier cantidad de disparates que en mi shock me atreví a decir y calmando mi ansiedad. Fue una situación atípica. Sólo dejan un acompañante por habitación, pero ese día nos quedamos todos y yo hasta olvidé la molestia de la herida por la cirugía y recuerdo que caminaba, me sentaba, me acostaba, daba vueltas en la cama, inquieta, nerviosa, aterrorizada, hasta que por fin amaneció. Mi esposo no pudo acompañarme hasta el amanecer pues debió estar con Pedro en la casa quien se había quedado solito. Al día siguiente, me vine a casa con Otto en los brazos y como por arte de magia todos mis temores se quedaron en aquella habitación. Al entrar a mi hogar todo se convirtió en motivo de alegría, y nunca más derramé una sola lágrima. Mi casa por semanas siempre estuvo concurrida de tíos, primos, sobrinos, parientes de todos lados, así como mis amigos más cercanos. Todos deseosos de abrazarme, de apoyarme y de consentir a Otto. ¡Yo diría que fue el bebé más visitado del mundo! Mil gracias a todos.

Esta experiencia se las cuento pues sé que muchas madres que me van a leer, probablemente se sientan así. No tengan miedo, son pensamientos transitorios. Sentimientos similares de frustración he leído que lo han padecido muchas mamás. Dejamos de ser de hierro sólo por horas, otras madres demoran algunos días, pero más tarde que nunca volvemos a ser más fuertes que el hierro y nuestros corazones comienzan a darle abrigo al tierno bebé que rápidamente se encargará de robárnoslo.

 

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